2013

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UN HELADO EN RIAZA

 

Quisiera compartir con vosotros una antigua peripecia que en estos momentos tiene un especial sentido para mí. Perdonad mis errores, no soy escritor. Creo que lo importante es el fondo, no la forma. Gracias por vuestra comprensión.

Es una visión particular de los hechos. Si alguien se sintiera ofendido por algún comentario le pido perdón. Nada más lejos de mi intención que herir a nadie.

Sirvan estas sencillas letras para recordar a un inolvidable y buen amigo que se fue. Sin ti, este lugar, es diferente.                                      

La pandilla estaba cansada de jugar siempre a las mismas cosas. El pequeño pueblo segoviano de El Villar se les estaba quedando pequeño, necesitaban algo más. Para combatir el aburrimiento decidieron hacer un periplo en bicicleta. No tenían vehículo para todos pero ese nimio detalle no les importó, las compartirían como buenos camaradas.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

 

Cargados de optimismo nueve ciclistas iniciaron la marcha por la calle Real camino de Sepúlveda. Bajaron la pronunciada y serpenteante carretera que sigue el curso del cañón, sin miedo, pues en aquella época era muy difícil que se cruzaran con algún coche. Con ritmo tranquilo llegaron hasta Castillejo, donde decidieron hacer un alto en el camino para descansar. Ahora se empezaba a tener conciencia de lo lejos que estaba Riaza, el destino final. La desconfianza empezaba a socavar el ánimo de los menos aventureros. Tras recorrer unos veinte km. las dudas sobre la empresa eran patentes. Unos querían volver pero otros deseaban continuar. Los que optaron por regresar tenían por delante un largo y duro camino que recorrer, pero esa es otra historia que alguien, si quiere, contará. Tan sólo comentar que aparecieron por el pueblo sobre las diez de la noche y el recibimiento que les dispensaron no fue de héroes precisamente.

 

El grupo de Riaza quedo reducido a cinco: Santi, y otros cuatro. Cinco si, pero con cuatro bicicletas. Dos tendrían que compartir bici, además la que conducía Santi empezó a tener problemas con la cadena y debía parar con frecuencia. No le esperaban (no quería) pero en un santiamén se reagrupaban, era el más fuerte. A pesar de esos contratiempos avanzaban más aprisa, eran cinco comprometidos con la empresa que sabían y querían pedalear. Tenían comprometido su orgullo, no podían fracasar.

 

Cruzaron la frontera de la N-I con precaución. Dejaron atrás Castillejo de Mesleón y enlazaron con la N-110 ¡Esta si que era una carretera de verdad, con coches y todo! Circulaban por el arcén y, tras unos pocos km. divisaron Riaza. Enfilaron la avenida de Madrid y en cuestión de minutos entraban en la plaza del pueblo sin un rumbo fijo.

Compraron dos helados (no había dinero para más) que fueron rulando de mano en mano. Mientras disfrutaban de un merecido descanso se refrescaron en la fuente. Pasado un tiempo decidieron regresar al pueblo. Volvieron sobre sus pasos. Eran las diez de la noche y la visibilidad escasa, pero el pedaleo no bajaba de ritmo. Avanzar ahora les resultaba más sencillo, todo era descender y llanear.

 

Bajaban por una pronunciada pendiente cuando un camión comenzó a subir en dirección contraria. Circulaban por su derecha, pero los faros del vehículo les deslumbraron y no podían ver por donde discurría la carretera. A ciegas y por instinto viraron a su derecha, saliéndose de la carretera. Ahora circulaban por un terreno irregular que sufrían sin piedad sus posaderas. Cuando el camión pasó por su lado se fijaron en unas letras que no olvidarían nunca: “Leche Pascual”. Evaluaron los daños. Se sentían aturdidos pero ninguno resultó lesionado. Eso les tranquilizó, aunque comprobaron que una de las bicicletas había sufrido importantes destrozos en su rueda delantera. La situación cambió radicalmente: tenían una bicicleta de menos, a otra se le salía la cadena y ahora, una tercera, con serios daños; pero no había tiempo para lamentos. Las dificultades no amedrentaron su tesón. Continuaron pedaleando a un ritmo imposible y poco a poco se iban adentrando en territorio conocido. El punto más peligroso fue, de nuevo, cruzar la N-I. Subieron a la plaza de la amiga Sepúlveda y observaron como los vecinos les escrutaban con extrañeza. Se preguntaban qué podían hacer cinco “angelitos” circulando en bicicleta sin luces a esas horas.

 

Cerca de las doce de la noche empezaron la ascensión hacia el Villar. Las fuerzas flaqueaban y la preocupación por lo que pudiese estar ocurriendo en el pueblo aumentaba con cada golpe de pedal. A pesar de todo el buen humor no faltaba. Santi y su socio eran los que más animaban. Perecía que ellos dos estuviesen de fiesta, siempre con una sonrisa en los labios. Era una forma de esconder sus miedos.

Uno de los participantes decidió que la solidaridad no era lo suyo, perdiéndose en la noche tras un acelerón, ¡tendría prisa!, imaginaron los demás u otras cosas peores.

 

La curva de Valdiñosa se hacia eterna y alguno tuvo que emplearse a fondo. Por fin Las Canteras, tan acogedoras, tan cercanas. Se relajaron unos momentos comentando las anécdotas del viaje. Imaginaban que algo “gordo” se estaría cociendo en el pueblo. Sus actos no iban a quedar impunes e intentaban buscar alguna excusa que dar para suavizar las consecuencias. Comentaban también lo extraño que les parecía no haber visto a la Guardia Civil. De haberse cruzado con ella las cosas seguro que habrían cambiado.

En la lejanía brillaban unos diminutos puntos de luz. Los reconocieron al momento: ¡el Villar! La aventura estaba a punto de concluir. Pese al esfuerzo no estaban cansados. Las máquinas eran rudas pero ellos eran jóvenes, fuertes y livianos como plumas.

 

Pasada la una descendían la cuesta del Villar cuando, a lo lejos, se perfilaban unas figuras, dispuestas como en líneas que se acercaban hacia ellos. También escuchaban murmullos que provenían de esa dirección. ¿Qué pasaba?, se preguntaban con inquietante curiosidad. Nunca se les pasó por la cabeza que el Domingo de Ramos se hubiese cambiado de fecha. Los padres, vecinos y algún que otro curioso “bien intencionado” avanzaban por la estrecha carretera en busca de los “hijos pródigos”.

 

Su actitud era la normal, estaban preocupados. Era tardísimo, sus familiares no estaban en el pueblo e iniciaron rápidamente las pesquisas para recabar información. El regreso del primer grupo no los tranquilizó, al contrario, aumentó su ansiedad. A los recién llegados no les quedó otra que cantar por bulerías. En un momento se organizo el gabinete de crisis. La situación se antojaba peliaguda. Por los datos que obraban en su poder los descerebrados aún no habían regresado de Riaza. ¿Cómo saber algo de ellos? No había móviles, el único teléfono que existía era el de Paula. Tampoco contaban con automóviles. Los padres dejaban a la familia y volvían los fines de semana cargados de provisiones. ¿Qué hacer, avisar a la Guardia Civil? No, de momento no. Lo único que se les ocurrió para calmar su desazón fue salir a su encuentro. Así estaban las cosas cuando los dos grupos se fundieron en uno. Los padres se abrieron en dos hileras paralelas a la carretera, pasando los ciclistas entre esas dos filas. Recibieron todo tipo de improperios y alguna que otra caricia en la espalda o en la cabeza. ¡Sinvergüenzas!, ¡locos!, ¡imbéciles!, ¡ya veréis cuando estemos en casa!, ¡vais a estar castigados hasta el día del Juicio! Gracias a la velocidad de sus maltrechas monturas pronto se alejaron del irritado grupo. Llegaron a las “Cuatro Calles”, desde allí se encaminó cada uno a su casa. Se miraron en silencio, con esa mirada cómplice que sólo los que saben que han obrado mal conocen, dándose fuerzas los unos a los otros para sobrellevar lo que seguramente se avecinaba. Algunos se retiraron con la cabeza alta, satisfechos de la hazaña realizada., otros más apesadumbrados por la imprudencia cometida. Mañana sería un día muy, muy largo. En cada casa pasó lo que pasó, a unos les fue mejor que a otros (yo me libre de la quema por el buen hacer de mis queridos cómplices, gracias)

 

Aquí concluye esta pequeña correría de nuestra infancia. Una locura que, desde la distancia, aún me estremece y complace. Teníamos entre trece y quince años. Partimos del pueblo a las cinco de la tarde y regresamos pasada la una de la madrugada. Hicimos más de sesenta km. con fuertes desniveles, sin agua, con medios rudimentarios, sin repuestos, variados contratiempos…. Lo único que faltó fue una tormenta de verano. Pero de lo que más me siento orgulloso es de haber podido participar de un ejemplo de solidaridad, entrega y abnegación en donde todos éramos una piña y las flaquezas de uno eran las de todos. En estos tiempos de individualismo me gustaría reivindicar esta experiencia como ejemplo de colaboración desinteresada, de sacrificio por el otro. Sin vosotros, camaradas de fatiga, no lo hubiese logrado. Gracias también a los compañeros que regresaron antes e intentaron que nuestras familias no se enteraran de nada. Se llevaron sus reprimendas y la historia pasó por alto sus nombres con el olvido. Aquí sólo se valora al finalista, pero para llegar a la meta el primero hace falta la colaboración de todos y nosotros éramos un equipo, variopinto, pero equipo.

Mi más sincera gratitud a todos los que hicieron posible esta irrepetible aventura, en especial a: Álvaro, MªÁngeles y Pili por estar allí conmigo y por prestarme sus recuerdos.

 

Quisiera aprovechar la oportunidad que me brinda esta historia par rendir un sincero y merecido homenaje a todos los hombres y mujeres que sienten este pueblo con espíritu aventurero. Su ejemplo nos anima a seguir luchando por esta pequeña porción de tierra llamada Villar de Sobrepeña. Un pequeño pueblo pero con grandes personas que cada día nos enseñan algo nuevo.

 

Una mención muy especial para todos los que alguna vez estuvieron con nosotros y que han partido a otro lugar donde tal vez reine la “Luz”. Vaya para ellos nuestro recuerdo y nuestro agradecimiento por esos momentos que compartieron con nosotros.

Espero que los jóvenes tomen el relevo y no olviden las pequeñas anécdotas que hemos ido atesorando generación tras generación. Estamos ansiosos por conocer las suyas.

Gracias a la “Asociación” por su apoyo, en particular a “Agus” por su paciencia infinita.

P.D. Simplemente añoro nuestras travesuras infantiles. Es sumamente placentero acordarse y revivir aventuras tan idealizadas.

                                                       Tu amigo Juanjo

Villar de Sobrepeña "Segovia"

 

Actualizada a  19/11/2018

    

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